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domingo, 27 de septiembre de 2020

La necesidad de morir

Reflexión sobre los prólogos a los libros "Transgénica", de Gabby De Cicco, y "La Desobediencia", de Claudia Masin. 

Voy a intentar seguir la falsa convicción de escribir con libertad. Los prólogos me dejaron circulando una energía, una resignación que a lo mejor posibilite un tránsito perpetuo. Hay entre escritoras y lectorxs un tendido, un puente pero en el sentido eléctrico. Me urge expresar una soledad narcisista, hablar del puente individual. De la conexión única y no casual. Del ruido, de las interferencias.  Desde mi punto de vista, y no porque mi punto de vista sea el indicado, sino porque definitivamente no lo es. Soy varón cis, heterosexual, blanco y con acceso a una vida pequeño burguesa. Soy normal, qué asco, con lo que detesto esa palabra. Pero sería hipócrita pretender hablar desde otra perspectiva, porque nunca compartí ni comprenderé un dolor semejante del que se nutren les autorxs de los libros prologados.

No quiero que me malinterpreten. Puedo comprender el dolor desde una racionalidad apenas teñida por experiencias renuentes a aceptar las presiones machistas que, sin punto de comparación, me provocaron cierto sufrimiento. Era un no hallarme pero desde un lugar de soledad que se conformaba mal con la recompensa de sentirme mejor que otros. Aun así, me crié disfrutando de todos los privilegios que mi condición socio-identitaria podía brindarme.

Esa limitación empírica y empática no anula la enorme carga y potencia de la poesía adelantada que sigue circulando por mis venas y todavía me pone en la necesidad de expresar algunas cosas. En ambos prólogos la poesía es un vehículo de metamorfosis y un salvoconducto de libertad. La desobediencia constante a lo preestablecido. La voz que resuena rompiéndole los tímpanos a la indiferencia. Aire. La fuente de oxígeno de voces resquebrajadas que han encontrado un espejo benevolente. La poesía es disruptiva por incierta. Es la incertidumbre lo que enamora, le oí cantar a Dolina, y también se me ocurre, lo que conmueve, lo que moviliza, lo que atemoriza.

Una salvedad. Claudia Masín dice anticipando Transgénica: “Y sin embargo, sin embargo Gabby De Cicco lanza el conjuro, lanza el mantra con el que termina el libro, lo lanza a donde sea que llegue, porque las palabras siguen teniendo el poder de cambiarlo todo, porque siempre habrá un resquicio de libertad y de desacato por donde puedan escapar de la malla de acero que las cerca, la misma que a todes nos comprime el cuerpo, particularmente a quienes no encajamos, no encajaremos nunca en molde alguno.” Aunque las palabras sean aire, fuente de vida, escape de las cadenas, no lo cambian todo. Las palabras son humanas, no son omnipotentes. Creer que lo cambian todo, es un grave error, es inventar  el dogma, es vitalizar el martirio. El esclavismo fue un sistema humano también, contrariamente a lo que suele pensarse y decirse: llamarlo inhumano fue uno de los pasos (y ciertamente no el más decisivo) para abolirlo. Me apuro a decir que hablo solo del esclavismo, no de la esclavitud, cuchillo que aún tiene muchísimo filo.

Podríamos decir que el capitalismo es inhumano, o mejor dicho deshumanizante, cosificador, patriarcal, machista, destructor de la naturaleza y muchas otras, que seguirá allí pese a que le insultemos toda la verdad: perro que ladra no muerde. No obstante decir es hacer. Allí donde están el mercado, la propiedad privada y el individualismo (la Santísima Trinidad vigente) diciendo objeto responde el lenguaje diciendo humano, y en ese conflicto se juegan nuestras cortas vidas. La poesía nos impulsa un hacer que eventualmente encontraremos cómo decir que lo hicimos.

Los femicidios, los travesticidios, el odio normalizador, la exclusión, siguen allí. Qué explote. Sin duda, que explote todo como dice Gabby de Cicco. Pero no todes lograrán beber el antídoto. La “Utopía” de Moro pasó inadvertida por siglos, hasta tener una connotación revolucionaria. La lectura, el momento de la recepción condiciona ese lenguaje que al calor social se vuelve plasma.

Toda estructura de poder también es una estructura simbólica. Les sujetxs estamos encubiertos en esa estructura, pero a costa de volvernos invisibles. Yo soy un hombre más, parte de la ponzoña opresora. ¿Por qué sería más venenoso que otra u otre salga a asesinar hombres, ese vocablo cargado de cadenas desafiadas? Podrían matarme a mí. ¿Y qué más da? ¿Qué importancia tengo yo en los ataques físicos a los universos simbólicos, o más aún, a la justicia simbólica? Ninguna. 

Pienso que la enorme mayoría de mi capital autoritario (probablemente el de la mayoría) está compuesto por hombres. Por esa categoría tan sesgada a cuya contraparte mujer  desobedece Claudia Masin. Pero no salí indemne de esto y siento la necesidad de morir.

 Por lo menos me llevo la sospecha confirmada de que “todos mis hombres” no valieron ni valen tanto. La convicción de que siempre estuvimos y estaremos en el mismo lodo, todos manoseaos, y que esta poesía que fue hecha para poder beberse el veneno debe envenenarme (debe envenenarnos), debe destrozar cada ápice de orgullo, debe matarme para allanarles el camino.

Román Armas.  

lunes, 19 de octubre de 2015

El maniquí

El maniquí

Me acuerdo de aquel lunes de mayo, no tenía nada de especial, era un día como cualquier otro. Quizás se distinguía en que estaba un poco lluvioso, y que las nubes tenían formas hermosas (creadas seguramente por mi mente). Pero no era nada que no hubiera pasado antes: en general todo tiende a repetirse, y mucho más si se trata del clima. En esta normalidad iba yo volviendo del trabajo. Caminaba con pasos cortos y rápidos, por temor a resbalar en el piso mojado de la peatonal. Iba pensando en cosas intrascendentes (como es costumbre en mí), del orden de quién ganará el domingo, cómo están las cosas, no se puede vivir: es decir, indignado como buen argentino. Estos pensamientos sólo eran interrumpidos, y muy levemente, cuando se cruzaba ante mis ojos una mujer hermosa. Digo muy levemente porque la lluvia se hacía más copiosa haciendo funcionar automáticamente más rápido mis piernas. Sin embargo mi apuro fue en vano: se largó una lluvia torrencial, con mucho viento, que me obligó a buscar refugio bajo el toldo de un negocio. Más por hacer algo, que por otra cosa, me puse a mirar la vidriera. Era un local de ropa informal, es decir, de aquella ropa que no es formal, pero que no es un disfraz (aunque a veces no sé quién pone el límite entre lo que es disfraz, y lo que es ropa informal).
Había 3 maniquíes en la vidriera, dos representaban la figura de un hombre, y el otro el de una mujer. Me llamó la atención que la mujer maniquí no estuviera vestida y que solo representara una bella mujer desnuda. Al contemplarla dejé de pensar en una figura inanimada. Conjeturé que quizás hacía tiempo que estaba así, siendo utilizada, explotada, tan solo por su incapacidad de movimiento y de respuesta (¡como tantos!). Imaginé que quizás sentía vergüenza de que todas las personas que pasaban por ahí la mirasen. Claro está, era imposible, ella no podía sufrir, pues no tenía conciencia de nada de lo que le sucedía. Pero si este maniquí supiera que es tal cosa, y que está destinado a sufrir irremediablemente las mas diversas humillaciones, sin poder siquiera cambiar el semblante o demostrar algo del infinito sufrimiento que se iba acumulando en su interior... no, no podría existir peor tortura para un alma conciente.
Sobre estas cuestiones divagaba cuando noté que, haciendo (seguramente) un esfuerzo sobrenatural, el maniquí (una mujer en penuria), movió ligeramente un dedo.
Román Armas (2005)