miércoles, 26 de agosto de 2015

Micro-relatos


El paisano

La pampa infinita rodeaba el rancho. El vampiro emponchao respiraba el fresco con luna llena; chupaba unos amargos de sangre lavaos.

Fuga de sombras


Una mujer tenía 3 sombras. Un día, 2 bailaron un minué y la otra esperó, esperó, esperó. A la triste mujer le quedó una sombra.


Román A. Armas, 2015.

martes, 4 de agosto de 2015

Imposible olvidar a Brenda

Imposible olvidar a Brenda

Brenda... esa mirada de ángel penitente.
El comedor de Chino es una heladera,  con un techo altísimo y unos pocos ventiluces donde apenas se cuela el sol. A las 12:15 todas empezábamos a hacer la cola para recibir el almuerzo... era difícil llamarlo comida: variaba de malo a asqueroso. Imposible olvidar a Brenda. La vi caminando por las interminables filas de mesas, con pasos cortos y la bandeja en las manos. Enseguida supe que era nueva y que estaba perdida; me impresionó lo jovial de su aspecto, no entendía que hacía una adolescente en un pozo de tinieblas como Chino.
Dejen un lugar para que se siente la niña-, fue todo lo que dije.
Muchas de mis compañeras me miraron con odio. “¿Una blanca?”, dijo una. “Sí perras, y no quiero oír quejas, a la que no le guste puede irse a sentar a otro lado. No era necesario que me diera las gracias, con ver cómo comía era suficiente.
Pasaron varios meses desde que la vi por primera vez, y nunca la había visto hablar con alguien. Sentía una enorme curiosidad por saber algo de ella, y sabía que tendría la oportunidad; en prisión siempre hay olor muerte, pero es un olor de fondo, en segundo plano, al que te acostumbras.
En uno de esos monótonos días, la vi apoyada contra la pared del patio de ejercicios, sentada y abrazando sus rodillas. No le dije nada, pero me senté junto a ella. Estuvimos en silencio.
“Me tienes lástima”, dijo.
“No es cierto, aquí nadie merece la lástima de los demás, pero si no te cuidas, no sobrevives: sólo te di una oportunidad para que empieces a cuidarte”.
“Gracias, pero no la necesito, la vida es insignificante”.
“Vamos pequeña, ¿qué has hecho para estar aquí?
“Maté al director y al conserje de mi primaria... y herí a unos cuantos niños aburridos, alegres y patéticos”.
“No está mal”, dije.
“¿Y tú que hiciste?”.
“Envenené a mi marido, a mi suegro y a mi cuñado en la cena de acción de gracias... nadie me lo agradeció, es irónico.”
El fantasma de una sonrisa se asomó en sus labios finísimos. Entonces, aquel angel penitente giró el cuello y me miró, y me besó, y la besé.
El tiempo siguió su curso, aunque nadie lo advertía allí: sólo pude darme cuenta cuando me dieron la libertad condicional. Una vez le pregunté, “¿por qué la escuela, por qué no al hijo de puta de tu padre, no hubiera sido divertido?”, “hubiera sido demasiado fácil, es muy fácil matar un borracho-   me dijo- ... y detesto los lunes, no lo olvides”.
Imposible, imposible olvidar a Brenda; todavía le escribo de vez en cuando.

Román Armas (2015)

viernes, 3 de julio de 2015

El fútbol y el tiempo


Fútbol y tiempo


Amateurismo no quiere decir falta de competitividad. Aunque pueda parecer obvio, esta es una verdad que nos representa a todos los que participamos en este torneo, donde se pone a rodar mucho más que una pelota de fútbol, en el que entran en juego las más intensas pasiones humanas. Porque no es el mero hecho de competir, de jugar para ganar, en cuyo caso el fútbol se parecería, poco más, poco menos, a cualquier juego; se trata de un algo misterioso que nos alimenta y recorre desde los primeros contactos con las arterias de nuestra cultura.
Lo presentimos durante los días previos al partido, en los que no se conoce la hora ni los jugadores con los que contará nuestro equipo, y domina la incertidumbre sobre el árbitro y los rivales. Y cuando finalmente llega el momento de la cita, se desata un ritual que se asemeja a los momentos previos de un combate, donde se trata de salir a buscar la victoria a cualquier precio. El estómago agitándose y revolviéndose de los nervios, la adrenalina cargada antes de que el juego pase a ser efectivamente un juego, antes de que el juez de inicio a la disputa que tienta a la fuerza a la vez que la desprecia. De 5, de 6, de 7, de 11, en césped, tierra, pasto sintético o arena, poco importa, la esencia del fútbol es la misma: la tensión suprema entre la habilidad y la fuerza, entre la creatividad y la disciplina, entre el orden y el caos.
Cuando somos chicos damos vida a la imagen, imposible de olvidar, de la nube de polvo desatada por un enjambre de pequeños jugadores corriendo tras la pelota. Y es que en la infancia este es el orden, la norma. La creatividad pasaba por la mágica conexión entre el núcleo de ese enjambre, de ese remolino guiado por la pelota, y quien atinaba a despegarse, corriendo en paralelo, acaso sin intuir que cuando la esfera de cuero llegase hasta él, sería a su vez perseguido por el enjambre; luego, mucho tiempo después, tras comprender las ventajas de respetar las posiciones, de conservar una estructura, la magia encuentra el camino inverso y sobreviene de la capacidad de evadirse de esa estructura; la despliega el habilidoso que traza un surco en la cancha esquivando las patadas de rivales, cuya desesperación crece a medida que fracasan en el intento de detenerlo; en el disparo violento y con la marca encima que encuentra el ángulo evocador de un placer brevísimo e infinito.
El fúbol es el arte de lo inesperado, de la sorpresa, donde el arquero obtura la ilusión del gol (en el que cada vez morimos y resucitamos) y alivia a sus compañeros; donde se desprecia o se adora a ese ser que se convierte en el símbolo frágil y fatal de la consecución o la frustración de nuestro deseo, comparable a aquellos dioses caprichosos de la Ilíada y la Odisea que modificaban el curso del destino: el árbitro. En cada partido revivimos una guerra universal y eterna. El fútbol profesional no es más que la versión mercantilizada de este fluir pasional (objetivado en patadas, insultos, gritos, peleas, y por suerte también goles) que el amateurismo no deja de avivar incansablemente, y sin el cual no existiría el negocio.
Madurar es reencontrar la seriedad con que juega un niño, escribió Nietzche. El fútbol, quizás sea una de las formas más bellas de volver la guerra un juego, en la que como niños, participamos con la más absoluta seriedad.
 Román Armas (2014)


viernes, 29 de mayo de 2015

Sombras

Sombras,
como recuerdos centelleantes
de un sueño esquivo y misterioso
viajan entrometidas por la noche
que ya no supo volver a dormir.

Sombras de dolores olvidados
en el corazón, que refugia y evoca
bajo un pacto de ahogado silencio,
y la frágil dulzura de unos ojos sombríos.

Una sombra,
vanidosa proyección de mis ambiciones:
gigantes ilusiones ópticas que proliferan
de las luces irracionales del pensamiento,
y mueren desventuradas al apagar la luz.

Otra sombra,
íntima prisionera de una imagen de dos
que trasciende al plano del misterio
de los amantes que la observan, la sienten
como una prueba de vida de su propio amor.

Las sombras, ni demonios ni muertos.
Presencias tan ignoradamente nuestras…
sombras de heridas invisibles,
sombras de amantes fugitivos,
sombras del tiempo.

Román Armas (2009).